Artículo aparecido el día 08 de enero en la sección «Una ventana al tercer sector» de La Verdad con la firma de Juan Antonio Segura (director de CONVIVE Fundación Cepaim), Rosa Cano (presidenta de EAPN Región de Murcia) y Pedro Martínez (presidente del CERMI Región de Murcia).
Para nuestro artículo de Navidad no vamos a intentar ser originales. Tanto es así que vamos a escribir la enésima versión de Cuento de Navidad de Charles Dickens. Para que nadie se pueda dar por aludido, el protagonista de nuestra versión se llamará F. Se trata de un hombre o una mujer con poder para tomar decisiones o, al menos, para convencer a otros de que las tomen. La historia transcurre en una región donde casi la mitad de las niñas y niños (un 45% según los datos del Instituto Nacional de Estadística) están en riesgo de pobreza y exclusión social. Y dicho todo esto, ya podemos empezar el cuento.
F. se prepara para una cena de gala. Tiene pensado estrenar una camisa que se compró hace unas semanas en un viaje al extranjero. Delante del espejo, echa la vista atrás y recuerda la cantidad de papeles que tuvo que firmar en el año que está a punto de acabar. Firmar y firmar. Firma tantas cosas que siente que su firma ha perdido el sentido. Como cuando repites muchas veces tu nombre y te acaba sonando como una palabra alienígena.
De pronto, en el espejo, se le aparece la imagen de un hombre al que reconoce al instante. Es alguien que ocupó su lugar hace ya muchos años. ¿Cómo es posible? ¿Está viendo visiones? El hombre del espejo le habla. Te van a visitar tres fantasmas, le advierte, préstales atención.
F. se frota los ojos. Los abre y vuelve a ver su reflejo en el espejo. Decide olvidar el incidente y sigue acicalándose. Se dispone a salir cuando alguien llama a la puerta. Sale a abrir y allí está el primer fantasma que le anunció el hombre del espejo. Soy el fantasma del pasado, le dice la aparición, sígueme.
El fantasma lo lleva en volandas hasta un edificio que F. reconoce al instante. Es el edificio en el que creció. Ve luces en la casa de sus padres y escucha ruidos de celebración. El fantasma le pide que mire la casa de arriba. F. recuerda a esos vecinos. Eran muy simpáticos y solían dar un buen aguinaldo al portero. Lo que ve le sorprende, más si cabe que todo lo que le lleva pasando esa noche. Mientras todo el vecindario prepara los banquetes de Nochebuena, sus vecinos del quinto han puesto una mesa como la de cualquier otra noche. No hay luces de colores, no hay espumillón, ni árbol, ni regalos. Solo un escueto belén con algunas figuras desportilladas. F. no recuerda que sus vecinos fueran pobres. ¿Cómo puede ser? se pregunta.
La pobreza es invisible, le dice el fantasma de las navidades pasadas. Es invisible porque no la queremos ver. Nos incomoda que haya gente privada de sus derechos mientras seguimos con nuestras vidas como si nada. Y es invisible porque la ocultamos. Quien la vive, la vive como algo de lo que avergonzarse y hace todo lo posible para que nadie lo sepa. Nos avergonzamos de vivir en pobreza porque seguimos pensando que es algo de lo que sentirnos culpables. La vivimos como un fallo individual cuando la mayor parte de las causas que provocan la pobreza son de tipo económico y social.
F. parece perder el sentido durante unos momentos. No esperaba que un fantasma hablara en esos términos. Cuando vuelve en sí, siente un escalofrío. Está en mitad del monte y ha salido de casa sin su abrigo. A lo lejos ve un edificio mal iluminado. Acerquémonos, le dice el fantasma de las navidades actuales. F. no sabe dónde está hasta que ve un cartel que dice ALBERGUE JUVENIL EL VALLE. F. siente una súbita incomodidad, como si un puñado de remordimientos le hubiera asaltado por la espalda. No sabe muy bien lo que pasa pero le pide al fantasma irse de allí.
Echemos una mirada al menos, insiste el fantasma. F. ve a un grupo de chicos y chicas sentados alrededor de una mesa. Hay algo en la forma en la que se miran y se hablan que resulta reconfortante, como cuando se encuentra refugio en mitad de la tormenta. Eso que notas, le explica el fantasma, es compañerismo. Estas chicas y chicos, continúa la aparición, han sido malditos no por lo que son, no por lo que han hecho ni por lo que sueñan, no por lo que quieren ser ni por lo que llevan pasado. Han sido malditos por discursos y prácticas racistas que no deberíamos consentir. Los hemos seleccionado por su nacionalidad y los hemos llevado hasta la mitad del monte, lejos de la ciudad, apartados como se aparta en los guetos. F. intenta hablar pero no le salen las palabras. Son chicos y chicas, dice el fantasma, nada más y se merecen no una navidad como el resto, se merecen una vida con derechos, con todos los derechos.
F. quiere marcharse de allí. Cierra los ojos y piensa que cuando los abra, todo habrá sido una pesadilla. Los abre y por un instante respira aliviado. Está de nuevo en su casa, a punto de salir para la cena de gala. Entonces nota que alguien le mira desde uno de los sillones del salón. Soy el fantasma de las navidades futuras, le dice.
F. se teme una nueva visión que le angustie más de lo que ya está pero el fantasma le tranquiliza. Le explica que no le va a enseñar nada más. El futuro, le explica, no se puede enseñar porque está por hacer. Depende de nuestras decisiones. Debemos decidir si queremos una región que sea la tercera del país con más riesgo de pobreza y exclusión social, la segunda con más pobreza severa y la primera con más pobreza infantil o si queremos una región en la que los recursos se creen y repartan con justicia y equidad. Debemos decidir si queremos una región en la que se lleven a cabo prácticas propias del apartheid y se persigan violentamente a algunas vecinas y vecinos solo por su nacionalidad o si queremos una región en la que los derechos y la convivencia sean universales.
No sabemos el final del cuento ni lo que fue de F. después de las visitas de los fantasmas. Lo que sí sabemos es que el fantasma de las navidades futuras tiene razón: el futuro dependerá de las decisiones que tomemos. Desde el tercer sector de acción social tenemos claro que esas decisiones deben ser aquellas que sirvan para construir una región sin racismo, sin discriminación, sin pobreza y con los mismos derechos para todas las personas.







